miércoles, 25 de abril de 2012

Morirse de Hambre Por Carlos Rivera Vargas


Morirse de Hambre   Por Carlos Rivera Vargas

En el contexto contemporáneo mexicano, una de las noticias más alarmantes  que puede recibir un padre de familia, es de la de que su hijo(a) ha decidido estudiar filosofía. Con mucha probabilidad, lo primero que pensará quien reciba una noticia así, es que “se va a morir de hambre.” Lo anterior se explica por una razón muy simple: ante los ojos de la sociedad, la filosofía no tiene una función clara ni, mucho menos, algún tipo de beneficio que devenga ganancia monetaria. Según esta opinión popular, entonces, la antaño llamada ciencia primera no sirve para nada y, por consiguiente, no se puede hacer nada con ella, o sea, no se alcanza a perfilar una labor lucrativa que ofrezca una calidad de vida. Por ésta, desde luego, se entiende  calidad en términos económicos exclusivamente, luego sólo aquello que posibilite ganancias abundantes, ofrecerá una calidad de vida alta. Si acaso, cuando se declara el deseo de estudiar filosofía, el oficio más claramente vislumbrado es el de la docencia: para ojos de quieres pueblan el contexto actual, si se estudia filosofía, o se es profesor para vivir o tendrá que hallarse otro empleo para no morirse de hambre.
            El sistema mundial en el que se halla el presente, no sólo en México sino prácticamente en todos los rincones del globo, parece exigir el abandono de todas aquellas actividades que no sean lucrativas. La ganancia (monetaria) es el telos o la meta de la existencia contemporánea, que se manifiesta en el hecho de poder consumir cada vez más, en virtud de la solidez económica. Pero toda ganancia supone perdida. De suerte que el sistema mundial que estimula lograr ganancias, en el fondo fomenta la competitividad para llegar a ellas. No es gratuito, por consiguiente, que las sociedades que se guían por este esquema  fomenten, desde la educación, la noción misma de competencia.
            Como podrá apreciarse, las Reformas Educativas que ha llevado a cabo el gobierno mexicano desde inicios del siglo XXI, pretende insertarse en la lógica del sistema descrito. En función de esto, resulta claro que las asignaturas que componen los programas de estudio que van desde la primaria hasta el bachillerato, debían ofrecer a los docentes las herramientas metodológicas para ingresar al campo bélico-laboral. Así, se estimula tempranamente la competitividad, en pos de generar mano de obra eficiente que nutra los campos de trabajo. Sin embargo, ganancias no puede haber, en la misma medida para todos. Luego se educa para ser competitivo, sabiendo de antemano que muchos competirán pero pocos, de hecho los menos, ganarán.
            Como es por todos conocido, desde finales del 2008, la Secretaria de Educación Publica (SEP) ejecutó el plan de una Reforma Integral para la Educación Media Superior (RIEMS). Lo anterior se llevó a cabo bajo el supuesto de que era menester unificar la variedad de planes y programas de estudio de dicho nivel educativo, con miras a lograr que los estudiantes egresaran con conocimientos de mayor calidad, entendiendo por calidad,  no los contenidos teóricos de las diversas asignaturas, sino el aprovechamiento de las mismas en la práctica cotidiana y, naturalmente, en el terreno laboral. De este modo, la Reforma remató la educación  media al convertirla, simplemente, en un medio  para obtener entes productivos. Evidentemente, las asignaturas que tradicionalmente se han inscrito en la esfera de las humanidades  o las ciencias del espíritu, resultaron problemáticas para la Reforma, en virtud de que no se hallaba el modo en el cual se dieran de sí algo aprovechable en sentido pragmático. Pero, particularmente, las asignaturas filosóficas, la filosofía misma, de inmediato fueron relegadas a convertirse en “disciplinas transversales”1, esto es, en una suerte de presencia fantasmal que, de alguna manera, se hallaba implícita en la impartición del resto de las materias. Así, todos los docentes, también de manera implícita a través de las llamadas competencias genéricas, impartirán filosofía en el momento mismo que ofrecen su materia; de lo cual se concluyen dos cosas: que cualquier profesor (en el mejor de los casos) puede dar filosofía y que, quien es propiamente filósofo, como no puede dar otras asignaturas que no correspondan a la ciencia primera, entonces es prescindible.
            Frente a semejante barbaridad, sigue siendo sumamente loable el esfuerzo que el colega Gabriel Vargas Lozano ha llevado a cabo, en la organización del Observatorio Filosófico de México, que en la actualidad sigue promoviendo la unidad del gremio filosófico, ante los embates del Estado que pretende eludir, descaradamente, el Acuerdo 488, en el cual se había considerado integrar las asignaturas filosóficas. Pero, si bien es pertinente la permanencia del esfuerzo que lleva a cabo el Observatorio por lograr que las asignaturas filosóficas de la educación media continúen, resulta claro que no debe agotarse en ello la reflexión filosófica en torno a la educación. Es ineludible la responsabilidad de todos los filósofos por repensar la educación en su conjunto.
            Hay que decirlo francamente: el hecho de que se atente contra las materias filosóficas es síntoma de una crisis más honda, a saber, la que se estime como la única forma de vida posible, aquella que se reduce al consumismo depravado y, ligado a esto ultimo, al éxito financiero. Pero más grave aún, es que la mayoría de la población que desea este tipo de vida, lo hace porque en algún sentido se le educa para ello y no sólo en la escuela, sino a través de los medios masivos que continuamente bombardean a los espectadores con personajes de plástico que llenan, por desgracia, las aspiraciones de muchos. La mala educación, curiosamente, es algo que también se aprende; no es el estado en el que un individuo se queda en ausencia de la educación. La mala educación se puede entender como la audacia con la cual un individuo saca el máximo provecho para sí, con el mínimo de esfuerzo, sin importarle si para ello debe mentir, traicionar (a otros y a sí mismo), actuar corruptamente, etc. Antaño, la mala educación se corregía en el colegio, en donde se resguardaba la vocación por formar bien a los estudiantes. Lo grave de los tiempos que corren, es que ahora en muchas escuelas se aprende la mala educación.
            A propósito de esto último, el filósofo Eduardo Nicol en el Tercer Congreso Nacional que llevó a cabo la Asociación Filosófica de México en el año de 1985, recordaba en su ponencia titulada “Crisis de la educación y la filosofía”, que originalmente en Grecia, la filosofía es paideia, o sea, formación humana. Lo anterior se puede constatar, si se atiende a los diálogos platónicos, donde se muestra la imagen de Sócrates como aquel que empeña su vida en pos de logar que sus conciudadanos sean virtuosos. Asimismo, recuérdese la famosa Carta VII  de Platón, en la cual éste se dirige a los familiares de su fallecido amigo Dión de Siracusa y en un pasaje afirma lo siguiente:
“Tenía el poder absoluto [Dionisio II], y si hubiera reunido en una misma persona la filosofía y el poder […] habría implantado suficientemente entre otros la recta opinión de que no hay ciudad ni individuo que puedan ser felices sin llevar una vida de sabiduría bajo las normas de la justicia, ya porque posean estas virtudes por sí mismos, ya porque hayan sido criados y educados debidamente en las costumbres de piadosos maestros.”2
Del mismo modo Aristóteles en su Metafísica  afirma que una de las cualidades del saber acerca de los principios y las causas, es que puede ser lo más enseñable3 y, diríase incluso, que lo más aplicable en el terreno ético.
            Así pues, de acuerdo con el pensamiento de Nicol, la filosofía es pedagógica en sentido radical. No sólo confiere unos saberes específicos  o unos contenidos teóricos, sino que educa por el ejercicio mismo de la vocación. El filósofo inspira  no sólo por lo que dice, la evidente pasión que se nota por el saber, así como una vida orientada y encaminada a desempeñar la crítica y la reflexión en pos de lograr, con ello, ser mejor (o sea, ser virtuoso), lo que verdaderamente se transmite a los alumnos. Que el docente logre despertar su interés por la filosofía, no se logrará simplemente, haciendo que aprendan las doctrinas filosóficas. La pasión por la filosofía se muestra en el modo de hacerla llegar a los otros, suscitando con ello su interés. En este sentido, podría decirse que la filosofía se ejerce, se practica.
            Pero la filosofía es formativa, además, porque enseña que la vida no se reduce al éxito financiero. De hecho, cuestionar críticamente ese estilo de vida y, con ello, el sistema que lo posibilita, es ya asumir que la existencia puede ser de otro modo. Pensar, pues, en alternativas de un buen vivir, también es función de la ciencia primera. La vasta tradición que posee la filosofía es, sin duda, una fuente inagotable de continuo diálogo que permite pensar en una forma de vida que no se reduzca al dinero. En este sentido, la filosofía puede proyectar opciones siempre y cuando tenga presente su pasado. Así, que se recuerde ­­–como hace Nicol- que desde la Antigüedad la filosofía  es paideia, permite ver que en el futuro, a partir de ahora, la educación puede sustentarse en el quehacer filosófico. A propósito, afirma Nicol:
“La filosofía esta ahí, para denunciar la carencia del ethos en la praxis y en la paideia. ¿Qué sentiremos, entonces, si filósofo pierde el sentido de su propio ethos  vocacional; si el pensamiento  se convierte en una metodología  de la acción, o cuando más  en una teoría  de la praxis puramente pragmática? Visitemos una escuela. Comprobaremos que la enseñanza que reciben los escolares es deficiente.  Hay que educar a los educadores. Pero si la paideia está en crisis, está en crisis la filosofía. No nos engañemos. La educación ya no ofrece una idea de la forma de ser del hombre futuro, y ha olvidado la idea del hombre que realizó en el pasado. Si hay algo en la cultura que no se puede improvisar al instante, es la paideia. Ella es una acción actual que está encadenada al pasado y al porvenir: es experiencia y proyecto.”4
            Como se puede constatar en el presente, la educación escolar básica, media y media superior se encuentra en manos perversas. Pero no por ello, la filosofía debe renunciar a tener injerencia en ella. Por esta razón, se insiste, la función del Observatorio Filosófico es irrenunciable. Pero, además y frente a ello, se han de emprender acciones en las cuales, el ethos filosófico se haga presente. La enseñanza filosófica en el aula, particularmente en la educación media superior, es indispensable para la formación humana de los jóvenes. Pero dicha enseñanza puede darse también en otros ámbitos, por ejemplo, en lo que respecta a la (re)formación de los profesores de la educación en general. Aunado y paralelo a ello, también es factible que los filósofos empeñen esfuerzos en la generación de una nueva idea de lo humano que oriente la praxis de la sociedad en su conjunto y  que se invierta trabajo en la formación de los individuos con base en dicha idea. Esto último, sin embargo, es una tarea titánica que requiere tiempo y, sobre todo, paciencia. No obstante, estas condiciones no pueden ni debieran ser impedimento para una autentica re-forma educativa pensada desde la filosofía.
            Pero aunque esto último sería deseable y no se contrapone con acciones inmediatas, también es menester atender la crisis presente. En función de ello, se ofrece la propuesta de llevar a cabo dos acciones, entre otras muchas que pudieran ser mencionadas, para fomentar el ejercicio filosófico al margen de la defensa de las asignaturas que se imparten en la educación media, y sin perder de vista la posibilidad de pensar en una idea de humanidad que oriente la praxis. La primera de dichas acciones consiste en formar pequeños grupos  de asesoría filosófica, no sólo para los docentes de asignaturas propiamente filosóficas, sino para los profesores de todas las materias. Lo anterior permitiría hacer que los profesores generen una visión distinta a la propia de su respectivo campo de conocimiento, propiciando con ello un ejercicio  autocrítico, no sólo de los contenidos teóricos que posea, sino también del modo en el cual los transmite. Estas asesorías podrían ser periódicas, lo cual permitiría dar un seguimiento al desarrollo del docente e, inclusive, hasta podría darle motivo para enmanirse hacia una titulación, si carece de ésta, o bien, hacia un posgrado.
            La segunda acción, estrechamente ligada a la anterior, consistiría también en la formación de grupos de asesoría, pero para estudiantes. Muchos alumnos que se encuentran cursando el bachillerato, suelen hallarse en grupos amplios, de no menos de treinta compañeros. Un solo profesor para tantos alimnos puede 8y, de hecho, deja) dejar muchos huecos de comprensión, por más esmero que posea. Así, estos grupos propuestos pueden ofrecer a los estudiantes, desde luego, podrían explotar aún más cosas como asesorías vía Internet, divulgación  por medio de alguna página web e, inclusive, la compilación de textos filosóficos de manera impresa o digital. También se podría, tras este ejercicio asesor-filósofo, generar textos de propia autoría, en donde se dé cuenta de la situación filosófica, con rigor académico, del  trabajo “en campo” realizado.
            Todo esto, si bien no generará de inmediato un salario, podría lograr algunas ganancias en términos monetarios, que no estarían de más. Pero, recuérdese que no se trata en principio de generar un negocio filosófico, sino de trabajar en la filosofía, teniendo por ello una retribución, por pequeña que ésta sea. Ahora bien, en términos prácticos, si se ha de tener un oficio que esté distanciado de la filosofía, pero que garantice el sustento diario, no tiene por qué ser rechazado a cambio de estas acciones propuestas, pues muy probablemente la manutención no quedará igualmente garantizada. Sin embargo (y en función de las posibilidades de cada quién), la propuesta se ofrece para que, además del oficio que se tenga, se intenten estas alternativas.
            Las acciones propuestas suponen un esfuerzo tremendo considerando la situación de los tiempos que corren. Sin duda, el sistema que se ha descrito en las líneas precedentes posee un influjo tremendo cuya inercia difícilmente puede cocación filosófica para sacar ánimos extras en pos de desarrollar las actividades propuestas o cualesquiera otras, que intenten hacer frente a la forma de vida que se impone. Podrán intentar quitarle espacios a la filosofía, pero si la vocación persiste y se arraiga con fuerza en el alma de quien está llamado por ella, podrá seguir fomentándola incluso, como suele decir el Profesor Josu Landa, aun cuando “se cultiven coles.” El filósofo, incluso teniendo situaciones adversas, puede hallar algún sosiego en el ejercicio del pensar (recuérdese que en algún momento la filosofía incluso fue consoladora). Así pues, que no teman los padres de familia cuando sus hijos declaren que han sido llamados por la filosofía, pues el morirse de hambre es algo que puede acontecerle a cualquiera, por más que estudie una profesión que aparentemente genere muchas ganancias. En todo caso, más les valdría a los padres recordar aquellas palabras que alguna vez dijo el maestro Aristóteles: “Así, pues, todas las ciencias son más necesarias que ésta [la filosofía]; pero mejor, ninguna.”5 Si con la filosofía uno muere de hambre, al menos será dignamente.


1 Cf. Diario Oficial de la Nación. Acuerdo 44, Cap. II (publicado el martes 21 de octubre de 2008)
2 Platón “Carta VII” en Platón.  Diálogos VII. Trad. Juan Zaragoza y Pilar Gómez cardó. Madrid: Gredos 2008 p. 504 [335 d]
3 Aristóteles. Metafísica.  Trad. Valentín García yebra. Madrid: Gredos, 1998. Pp. 12-13. [982 a 25-30].
4 Eduardo Nicol. “Crisis de la educación y filosofía”, en Eduardo Nicol.  Ideas de vario linaje.  México: UNAM, 1990.
5 Metafísica, 983 a 10 óp. Cit.
               


viernes, 13 de abril de 2012

lo corpóreo y lo mental



La mente es un ente que aunque se pudiera pensar que pertenece al cuerpo, no esta dentro de él; la mente como se sabe es el lugar imaginario quizá (pues no se sabe bien en donde se encuentra, si bien los procesos del pensamiento y demás expresiones propias de ella se realizan allí, no es claro en que parte del mismo se halla) en donde se realiza el proceso de la reflexión, o del pensamiento critico, que resulta importante debido a que de este proceso se realizan las ideas que son las generadoras de comportamientos o acciones propias de cualquier persona.
Las ideas así como el código genético son lo que hacen única una persona, las que revelaran su forma de resolver problemas en la vida diaria. Este proceso perfecto que realiza la maquinaria del cuerpo humano, no sufre altercados o variaciones si se realiza en un espacio de armonía y tranquilidad donde no se le perturbe a la mente. Pero, la contraparte de la mente, el lado sensible o corpóreo del hombre es lo que le saca de balance, haciéndole que la armonía en la que las ideas son fecundas desaparezca o se desvié del objetivo que se había planteado cuando la empezó a cimentar.
Pero, ¿Qué tiene que ver lo corpóreo con la mente? Bueno, ya que el cuerpo es la maquinaria o el armazón sobre el cual funciona la mente no puede dejársele de un lado, así los sentimientos, pasiones que parecieran ser campo exclusivo de lo que es mental, también es compartido por el cuerpo. Así se comprende que los amantes sientan deseo por su pareja o sentimiento de  extrañamiento al no sentirla cerca de sí, por lo que esto del amor es la búsqueda del otro(a), no ya como una idea de lo que pudiera ser, utopizando un posible destino juntos; por esta razón la búsqueda del cuerpo  buscando el otro cuerpo, distrae a la mente haciendo que está, convoque sus esfuerzos para conseguir esta utopía. Sin embargo, ¿Qué inconvenientes tiene dedicar esfuerzos de la mente al cuerpo? Ninguno, de hecho no hay nada de malo en ello, no hay nada de malo en buscar los fines del cuerpo, porque también hay que satisfacerlos,  así como se tiene que satisfacer a la mente con placeres intelectuales, libros, cine, música, danza etc… el problema es la enajenación de este proceso, porqué puede llegar un punto en que el sujeto ya no se reconozca en el objeto deseado, generando un efecto de esclavización en el que el sujeto que deseaba al otro, se subyuga ante un deseo, generando una relación de poder o dominio que no existía. De ahí que la mayoría de los filósofos predicara la libertad, tanto de la mente como del cuerpo, buscando puntos intermedios para no caer en enajenaciones, pues, también la mente se puede enajenar haciendo que el ego crezca, generando mitómanos y monstruos, o generando mentes brillantes como Herman Hesse o Ernest Hemingway.