miércoles, 16 de enero de 2013

Dialéctica del Inquisidor


Hay una dialéctica oculta entre la sociedad que hace de chivo expiatorio en las distintas relaciones humanas (desde la economía, la política, las relaciones interpersonales, etc…) la dialéctica del acusado y  el inquisidor, resulta patente esta dialéctica en la vida cotidiana de cada individuo y sociedad con los llamados chivos expiatorios, que lejos de jugar papeles de víctimas son los verdaderos redentores de una decadencia que tiene que revertirse, de ahí que surja una dialéctica entre aquellos que se sienten ultrajados y buscan la manera de redimirse a través de una víctima, convirtiéndose sin querer en inquisidores.
Desde la antigua fiesta de las targelias donde se quemaba una escultura en la que recaían todas las culpas de la sociedad, o las quemas de brujas en la edad media a las cuales se les achacaban los males como la peste, e inclusive los modernos casos  de incriminación de inocentes bajo diferentes causas, desde la sustentación de atentados terroristas o simples motivos políticos, todos estos casos tienen algo en común; que sirven para desahogar las pasiones y frustraciones en las que se encuentran sumergidos los pueblos, siendo autor de estos frenesís de histeria y enojo común Dionisio. Por lo cual esta fuerza que mueve a la parte inquisitoria es el impulso dionisíaco.
Dionisio sin duda es el autor dado que su naturaleza es la de dar impulsos pasionales y generar frenesís y, los hombres como seres en su mayoría pasionales se mueven fácilmente bajo estos influjos; y al no tener un poco de mesura, los actos que realicen se harán bajo el halo de las pasiones y no de las razones, cosa muy errada ya que desde la antigüedad es bien sabido que seguir los influjos pasionales solo traen tristeza y desesperanza para aquellos que se guían en esta estela dionisiaca de los placeres carnales y sus pasiones más bajas alejadas de la razón.
Así el inquisidor al no saber porque sus actos le causan daño, busca un chivo expiatorio en el cual redimir sus pecados o sus culpas, ejemplos son sobrados en la historia, los revolucionarios franceses le echaron la culpa de todos sus males y los de Francia a todo aquel que hablara mal de la revolución y a toda la nobleza francesa, matando inclusive a sus propios líderes, pareciera ser que se movían más por pasiones enceguecidas por el espectro de la revolución que por las razones que generaron su lucha; Nerón tras el incendio de Roma (que presumen algunos historiadores fue provocado por el mismo) para evitar que el pueblo se revelara por los excesivos impuestos y los bacanales que organizaba el emperador, acuso a los judíos y a los cristianos de los males del imperio y los empezó a perseguir; en la edad media en su deseo afanoso de cumplir  con las leyes de dios los sacerdotes persiguieron a muchos inocentes que tacharon de herejes y hechiceros, desvirtuando el mensaje de amor de la iglesia en pos de seguir una vocación deformada por lo que sus pasiones les indicaban; pero, no hay que ir tan lejos, además de los múltiples ejemplos de la historia en las relaciones interpersonales se ven esta dialéctica presente, desde aquellos amigos que se enojan sin causas aparentes, o aquellos novios que tienen celos de otras personas, todos tienen una característica singular que esta tras ellos, que es la ira.
Sin duda la ira está detrás de todo inquisidor, no se busca un castigo o un culpable sin que se tenga un sentimiento de enojo o enfado hacia esa persona un rencor oculto que alimente la savia de la venganza, el inquisidor en la mayoría de los casos va a arrepentirse cuando llegue a advertir las posibles consecuencias de lo que sus actos provoquen, en cambio hay otro tipo de inquisidores que advierten las consecuencias, y sin embargo no se arrepientes de sus actos y llevan a cabo su venganza, estos son los más peligrosos de los que se pueda hablar.
Aunque el ser humano es más raro todavía, porque llega a buscar como chivo expiatorio a las pasiones mismas que generaron su ruina, extraño ser resultamos ser, cuando no nos damos cuenta que el germen de la destrucción lo tenemos por antonomasia cuando se es patente los impulsos dionisiacos.