En “Hacía
una crítica de la violencia” Walter Benjamin decía que la violencia cumplía un
rol importante en la instauración del derecho, pues su papel era hacer factible
la permanencia de la legitimidad del mismo1, lo cual tenía como conclusión
obvia que el derecho contiene el elemento violento en su seno. No me interesa
hacer una diferenciación entre tipos de derecho y sus implicaciones, lo que hoy
interesa es prestar atención al momento en que pretendemos enarbolar un nuevo
elemento de derecho en el mundo. En los tiempos venideros, en los que la
incertidumbre arrecia, vale la pena detenernos a meditar junto con el berlinés,
ya que una pregunta nos roe la conciencia: ¿nuestra cultura sigue produciendo
esos documentos de barbarie de los que Benjamin nos advertía?
No es
menor la cuestión, todo elemento que nosotros enarbolamos lleva tras de sí la destrucción
de su antecesor, construimos constantemente sobre los despojos que vamos
dejando de la Historia y de la Cultura, como bien señala Reyes Mate2,
esta labor es la que hace de nuestra identidad el rico mosaico variopinto de
cualidades que presentamos ante el mundo. Pero, aquí está el punto focal al
cual dedicamos esta meditación: pues si hemos destruido en el pasado para
construir nuevas concepciones, nuestro mundo de derechos y conquistas sociales
no puede ser otra cosa que un mundo de destrucción y ruinas.
No se
pretende hacer apología de viejos regímenes, ni de viejas estructuras aristocráticas,
el autor de estas líneas se siente halagado que las pretensiones de reivindicaciones
sean nuestra voz y nuestro aliciente, que destruyamos lo rancio que nos ha
heredado el pasado, todo ello con el objetivo de tener ese glorioso amanecer
que tantas veces nos fue prometido, y otras tantas nos fue negado. Aquí,
empiezan los problemas, porque, ya no estamos en los tiempos de Hegel en que el
pueblo temía a sus sabios cuando les conducían a la liberación, ahora los
sabios le temen a sus pueblos.
El factor
decisivo ha sido la fragmentación y polarización del mundo y la sociedad, las
posturas y trincheras ideológicas ya no se definen por un estudio concienzudo
de qué nos conviene como sociedad, sino de las ventajas y beneficios que se
puedan adquirir en nombre de un ideal supremo que consideramos nos fue robado
antaño, aunque no sepamos si alguna vez lo poseímos. La radicalización de la
defensa a ultranza de esta libertad ha socavado los niveles mínimos de discusión,
ya no se descalifica por la ignorancia del oponente, sino si aquel o tal nació
con tal o cual órgano sexual.
Los defensores
de nuestras conquistas como sus detractores usan esta consigna, como si los
tiempos en que Shylock y Dreyfus eran señalados por su origen y, por el mismo
eran pasados al patíbulo sin opción a la defensa, no se hubieran ido jamás. Nuestros
derechos están sustentados en el miedo, cualquiera que se oponga puede ser
sometido al escrutinio público, como los pogromos en Europa Oriental, donde no
importaba si eras justo, bueno o maldito, tu origen señalaba el destino al que se
debías ser sometido. La legalidad no escrita en la cual basamos los juicios públicos
en las redes sociales, ha llegado a este punto, parece que no aprendimos la lección
de Núremberg, cuya instauración violenta de una legalidad dejo un saldo de
barbarie.
Así,
Benjamin nos sirve para cuestionarnos y aterrarnos, porque si somos la generación
que ya dejo atrás la época en que el garrote y los falsos juicios eran la
norma, ¿por qué basamos la defensa de nuestros derechos en el miedo que genera las
penas de negarlos? las redes sociales son el nuevo progromo, donde la no simpatía
con estas masas, hace que el escarnio sea el menor de los males. Seguimos produciendo
documentos de barbarie, seguimos construyendo sistemas monolíticos que se basan
en la irrupción violenta, con los cuales nuestros nietos reprocharán de los
documentos de barbarie que les estamos legando.
1.-
Benjamin, Walter, Hacía una Crítica de la violencia, en Obras II, 1, p. 201
2.-
Reyes Mate, La Piedra Desechada, Editorial Trotta, Madrid, 2013.
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