Escuela, metrobus y cena en restaurantes baratos, era la rutina cotidiana de Eduardo, una vida normal de un estudiante de facultad que quería salir de la vida familiar e iniciar la propia.
Una pequeña casa, gran palacio para Eduardo, un catre que le regalo su abuelo, una televisión de 60 pulgadas de su tía, un viejo horno de microondas que encontró de oferta en un supermercado, tres camisas y dos jeans, que más podía pedir un estudiante humilde.
Vida sencilla, relajada y la mayor parte del tiempo rutinaria, pareciera ser una historia de la cual no se puede hablar, pues que tiene de interesante esta historia, que pareciera ser la de la mayoría de las personas que transitan las calles o eso pensaba Eduardo hasta aquel Agosto.
Después de su primer año en la facultad, parecía que el segundo vendría lleno de expectativas y metas por cumplir, su modesta vivienda en la calle Mérida #28, hacía que los viajes a la facultad no fueran tan largos, además que en sus ratos libres salía a divertirse a zona rosa. Mas sin en cambio en ese Agosto se produjo algo que Eduardo jamás había experimentado.
Esa tarde regresaba de la escuela, era un día normal, había un poco de lluvia, eso no era problema pues llevaba un paraguas; un viaje en metrobus para Eduardo era poner su ipod a todo volumen, escuchar quizá suite de Bach, una canción de Silvio Rodríguez si había esa suerte, o porque no una canción de los Beatles a todo volumen y olvidarse de que el mundo existiese; además de leer un buen libro, en especial le encantaban los de Herman Hesse y los de Ernest Hemingway. Vida cotidiana vaya, sin mucha importancia, mas sin en cambio ese día, por cinco segundos bajo su libro y volteo a la derecha, para encontrarse con aquellos ojos carmesí, ojos de un brillo sin igual, el dueño de esos ojos proyectaba una mirada en la cual encerraba la inocencia y la perversión; inocencia parecida a la que tenía Adán antes de comer el fruto prohibido, perversión que reflejaban los habitantes de Sodoma cuando quisieron a los ángeles que Job reguardaba en su casa.
Mirada enternecedora, cautivadora, atrapante y seductora, mirada que por solo cinco segundos cambio a Eduardo, el carmesí de eso ojos parecían dos grandes zafiros, zafiros que parecieran haber sido pulidos y cortados por los joyeros mas expertos. Cinco segundos maravillosos y crueles, pues la inspiración la corto de tajo un señor que le comento a Eduardo—“¿joven va a bajar?, porque es la estación Insurgentes y tengo que bajar”. Sin responder descendió del metrobus, busco al dueño de aquella mirada, entre aquel hormiguero de gente era imposible localizar a alguien, “quizá tomo el metro, o se metió entre alguna de estas calles”, pensó el, abrumado por aquellos sentimientos que recorrían su cabeza.
Desde su niñez en su casa, en la iglesia y en la escuela, se le había enseñado que tener sentimientos afectuosos hacia personas de su mismo sexo, era del “demonio” y “antinatural, abrumado por esta gran contradicción, no se daba de lo que sucedía a su alrededor, y cuando reacciono estaba descendiendo las escaleras del metrobus con paso torpe, se afianzo al barandal y viendo hacia abajo noto algo particular, una cabellera ondulada, sobre una camisa azul, “!es el!”, pensó y sin dudarlo le siguió.
Era raro, pues hacerla de espía no era natural para alguien que estudiaba Letras Hispánicas, pero que da si el corazón está de por medio, la atracción de Eduardo no era carnal, sino estética, se dice que en la historia de la humanidad, hay casos en los que el amor no surge de la atracción sexual, sino de la visual, no era el deseo de juntar los cuerpos y unirlos en perfecta comunión, sino acariciar suavemente y tiernamente aquellos rizos; ver esos ojos de frente y meterse en ellos para nunca más salir; penetrar quedamente y lentamente en el recuerdo y que lo llegaran a necesitar; salir de las rutinas de los amorosos; no besar con los labios, sino con la mirada; respirarse mutuamente en aquel rincón en que los brazos se funden en los abrazos eternos.
Eduardo estaba fascinado, belleza sin igual, alguna vez leyó la Ilíada de Homero y nunca comprendió porque, se había iniciado la guerra contra Troya por la bella Helena; ahora sin en cambio sabía que la belleza y más aun la curiosidad por conocer a la dueña, en este caso dueño, impulsaba a cualquier ser humano a cometer hazañas increíbles; aquel muchacho de cabellera ondulada, se dirigió hacia la salida a la calle de Jalapa.
Esa era la salida que Eduardo siempre usaba para dirigirse a su casa, subió las escaleras, y siguió su marcha, cada paso lo acercaba aún más a aquel muchacho, y enseguida doblo a la izquierda en la calle de Puebla, esa misma ruta era la de Eduardo usaba diariamente para dirigirse a su residencia, extrañas coincidencias que da la vida, siguió caminando, hasta pasar por enfrente de la Covadonga, hasta que doblo a la derecha en la calle de Mérida, la adrenalina recorría el cuerpo de Eduardo, coincidencia magnifica, y cuando pensaba cruzar la calle, noto que aquel muchacho saco unas llaves y abrió el numero veinte y siete de, “oh, por dios, vive enfrente de mí”, cuanto tiempo habrá vivido enfrente de él y ni siquiera lo noto.
Extraña coincidencia de la vida, hermosa confusión en la que se había sumergido, se hubiese quedado viendo aquella puerta todo el día, pero los relámpagos del cielo, amenazaban con más lluvia; con la emoción todavía encima, abrió su casa y cuando la puerta se cerró se recargo sobre ella, ahora comprendía que aquella vida solitaria y aislada al estilo del lobo estepario de Hesse, lo había alejado de los sentimientos comunes, una vida callada, sin expresar lo que sentía lo había alejado lo suficiente de aquellas emociones, pero no era culpa de él, así lo habían criado sus padres.
Esa noche en su cama, sin poder dormir, aquellos ojos no dejaban de mirarlo, sentía aquella mirada todavía, sentía su peso, su amor y su odio. Imaginaba como era el, su forma de pensar, su vida, en aquel lugar, fantaseaba exacerbadamente sobre aquel chico, se metió tan profundamente en su fantasía que sentís su presencia en su cama, tan fascinado estaba cuando sonó su despertador, la hora de la fantasía había acabado e iniciaba la de la escuela.
Emocionado e ilusionado ese día no presto atención a sus clases, ni participo como era costumbre en el, todos sus maestros quedaron atónitos ante tal actuación, no era el Eduardo que conocía, “quizá enfermo”, pensaron, pero su mirada aún era la que había, recibido la mirada de los ojos carmesí.
Se dirigió hacia el metrobus como de costumbre a la una y media de la tarde en la estación Ciudad Universitaria, paso su tarjeta por los torniquetes, y camino en el andén, cuando de pronto vio esos cabellos ondulados, su corazón se detuvo un momento, pero sus pies siguieron avanzando, sin ninguna fuerza que los detuviera, se paró a lado derecho de él, y cuando volteo descubrió que era el mismo dueño de los ojos carmesí, , su corazón volvió a latir aceleradamente, pero no se atrevió a decirle palabra alguna, con su libro fingiendo que leía, observaba aquel ser, de la misma altura que Eduardo, a simple vista parecía un sujeto normal, pero sus gestos eran extraños, y cuando llegaron a la estación Insurgentes se repitió la misma rutina del día anterior, de perseguir sin hablar.
Eduardo sin querer, ni darse cuenta callo en una rutina, de lunes a viernes se dedicaba a perseguirlo, siempre estaba en punto a la una y media en la estación Ciudad Universitaria para esperarlo, los fines de semana iba a casa de sus padres; estaba confundido no sabía a quién acudir, no tenía amigos, y en su familia que era ultra católica lo iban a desheredar y quizá hasta exorcizarlo, decidió callar y mantener aquel juego de persecuciones del corazón.
Pareciera que al fin descubría los misterios de los amores platónicos, aquellos amores imposibles, amores que solo causan locura y desesperación, tres meses habían pasado desde aquel primer encuentro de miradas, la pena o quizá su falta de relación con el mundo le impedían hablarle a aquel chico, y cada noche era lo mismo, estar sentado en su escritorio pensando sobre esto, que realidad era aquella en la que los sentimientos torturan la mente y la llevan a la locura, decidido a dormir, se puso su pijama regalo de sus abuelos abrió las cobijas de su cama, cuando una melodía le llego al oído.
Abrió su ventana, para escuchar mejor, la noche era clara, las estrellas y la luna se podían ver en toda su magnificencia, extraña noche aquella y muy rara en la ciudad, siguió buscando el origen de la melodía, cuando vio enfrente en el numero veinte y siete una silueta en el marco de la venta con una guitarra, aquella melodía era nada más y nada menos que una canción de Silvio Rodríguez, se llamaba “tu fantasma”, estaba siendo ejecutada con gran maestría además que el tono de voz era perfecto, se podía escuchar muy bien. Eduardo se sentó en el marco de su ventana a escuchar aquel concierto, y cuando la pieza término de ser ejecutada, se oyó el sonido de un aplauso, provenía del numero veinte y ocho, Eduardo le aplaudía con ternura y cariño, a lo que le contestaron “gracias Eduardo”, esto lo paralizo “sabe mi nombre, pero ¿cómo?
Cerró su ventana y decidió dormir, pero seguía abrumado porque supiera su nombre, pero la n supiera nada. A la mañana siguiente, momentos antes de salir rumbo a su facultad se oyó el timbre de la casa, “quien podrá ser a estas horas” nunca recibía visitas. Abrió la puerta y para su sorpresa era aquel muchacho de los ojos carmesí, con una sonrisa le pregunto “¿Eduardo iras a la escuela hoy?”, “pero por supuesto que sí” respondió, “permíteme terminar de arreglarme, adelante pásate no te quedes afuera, hace frio”, atravesó aquel pórtico y se sentó en las escaleras, a falta de un sillón o una silla.
Eduardo estaba consternado, subió a su baño para terminar de afeitarse, ¿qué hacía hay?, ¿porque toco su puerta ese día? Preguntas que solo aquel muchacho podría responder, bajo enseguida y dijo
Hola- ammm amm no sé por dónde comenzar, pero pues no te conozco, ¿cómo te llamas?-dijo Eduardo- Hola, me llamo Daniel, soy tu vecino de enfrente. –Respondió el muchacho- Lo que me da curiosidad es como supiste mi nombre sin siquiera conocerme.- replico Eduardo -Bobo, se que me sigues desde hace mucho tiempo- alego Daniel-. El secreto de Eduardo quedaba al descubierto, sabía que lo seguían sabía demasiado sin siquiera haber hablado, eran dos seres que se conocían desde siempre, pero se eran ajenos.
El camino hacia la facultad estuvo lleno de las preguntas triviales, sobre música, gustos, hasta que Daniel dijo: “sé que estudias letras hispánicas”, con cara de asombro Eduardo le respondió, “y como sabes eso”, “mis profesores me hablan bien de ti, dicen que eres muy bueno”. Eso significaba que estaban en la misma facultad y en la misma carrera, se conocían desde lejos, desde siempre, se conocían como se conoce a los sueños viejos y buenos. Su amistad iniciaba bien, pero había algo en sus miradas que los delataba, ambos no querían una amistad, ambos se estaban atrapando en sus ojos y en sus memorias.
Llegando a la facultad, cada quien se fue para su salón, Eduardo estaba feliz, recobraba el júbilo perdido, volvía a ser el de antes, después de tres meses de enajenamiento, volvía a ser el mismo, día magnifico aquel, y como todos los días llego en punto a la una y media al metrobus, momento en que llegaba Daniel, se saludaron como buenos amigos, Daniel le dijo que en la cineteca nacional iban a pasar una película de Charles Chaplin, que si no quería ir, a ambos le gustaba Chaplin así que no hubo problema para convencerse. Hermosa función, sana risa que les producía Charles Chaplin, el regreso a casa estuvo lleno de comentarios sobre la película, hablaban como si fuesen viejos amigos y vaya que lo eran, las miradas durante meses los habían ido mezclando.
Al llegar a la calle de Mérida, la despedida fue dolorosa, ellos no querían que terminara aquella velada, mas sin en cambio tenía que terminar. Al decirse adiós, en un impulso repentino Daniel, exclamo, ¿no quieres una taza de café?, Eduardo sin querer dijo si, caminaron rumbo al número veinte y siete, entraron, era una casa pequeña, pero acogedora, amueblada con cosas donadas por su familia, Daniel metió dos tazas de café al horno de microondas mientras invitaba a Eduardo a sentarse en su sala, Daniel programo el horno y se sentó en el sillón y miro a Eduardo, Eduardo respondió la mirada, reproducían la mirada de aquel primer momento, y con un impulso Eduardo lanzo un beso que le fue respondido, la pasión se desbordo, y los dos se unieron en perfecta comunión, no era un amor de supermercado era un amor creado especialmente para ellos, no fue el simple acto de entregarse el uno al otro, fue la consumación de aquel amor que se gestó en las miradas. Sin quererlo se enamoraron el uno del otro, pero esto traería consecuencias graves.
Mientras en el numero veinte y siete de la calle de Mérida, se fundían dos almas que parecía que nacieron la una para la otra, en zacatecas numero ochenta y uno, la familia de Eduardo estaba preocupada, pues siempre los viernes de cada semana se dirigía hacia esa casa para pasar el fin de semana ahí. Mas sin en cambio ese viernes no fue así, después de marcarle a su casa y a su celular, y sin obtener respuesta, decidieron esperar al alba e ir a su casa para ver que ocurría.
Al día siguiente mientras Eduardo salía de la casa de Daniel despidiéndose con un beso, su familia llego, vio aquella escena y se espantaron, creyeron que dios había castigado a su familia, pero no fue dios, fueron ellos por haberlo criado así. De un tirón su padre separo a Eduardo de Daniel y lo metió al carro, su mama estaba llorando, su padre estaba furioso y Eduardo estaba apenado.
Daniel no podía creer aquello, se habían llevado a su amado y el solo se había quedado viendo, la depresión lo invadió de inmediato y recurrió al alcohol, mientras Eduardo estaba abrumado y desconcertado su papá estaba manejando rumbo a la salida Cuernavaca, el preguntaba ¿A dónde me llevan? Y nunca le respondieron, vio que se acercaban a un convento, su padre le ordeno bajar del carro, entraron por un corredor ancho, frio y obscuro su madre y él se sentaron en una banca de madera mientras su padre entraba por una pequeña puerta, estuvo dentro media hora, su madre con un rosario en la mano no dejaba de rezar, consternado Eduardo le preguntaba que iba a pasar, pero no obtenía respuesta alguna.
Al salir su padre solo exclamo “los pecados deben de ser castigados” y se retiró junto a su madre, un monje le dio un habito y lo llevo a un cuarto frio y húmedo, lo encerró, ¿será acaso este el fin? pensó Eduardo, será acaso que no entienden las diferentes formas de amar, o será que creen que el amor solo se da como los padres, creando lastimas eternas que unan a las parejas. Estas preguntas surgían en su mente, lo atormentaban y aterraban, pero que se podía hacer, nada era hora de dormir.
En su primer y único día el aquel convento le dijeron, que había que cuidar los cultivos, salió a las cinco de la mañana de su cuarto, tomo su ración de pan, y un poco de atole sin azúcar, hizo los rezos matinales y a las nueve lo llevaron a los cultivos, lo pusieron en cuclillas revisando que no hubiera mala hierba y si había que la quitara con las manos, trabajo penoso aquel, que dios no les podía ordenar usar herramientas de jardinería, el cura que lo vigilaba le aviso que iría al baño que no tardaba, este era el momento de escapar, sino lo hacía ahorita, era nunca, corrió rápidamente hacia el muro y lo subió con gran agilidad, salto hacia el otro lado y corrió como loco sin voltear atrás, siguió corriendo, corría desesperadamente, tenía una meta: “Daniel”.
Cuando llego a la carretera pudo detenerse tranquilamente nadie lo seguía eran como las seis de la tarde quizá, había pasado un buen tiempo desde que salió del convento, tardarían una hora en decidir buscarlo, y decidió caminar hacia el norte rumbo a su casa , estaba caminando cuando oyó un claxon, pensó que eran sus padres pero no, era un profesor, que lo reconoció, le pregunto qué hacía vestido de esa forma tan ridícula y hacia donde iba, Eduardo le comento que iba a la calle Mérida en la colonia roma, el profesor accedió llevarlo hasta haya.
Llegando a la calle de Mérida, Daniel agradeció al profesor y abrió la puerta de su casa, corrió a bañarse rápidamente, en una mochila hecho una cuanta ropa y tomo el dinero que tenía y sus cosas; salió corriendo hacia el numero veinte y siete, la puerta estaba abierta y se escuchaba una canción, era la de mi “Unicornio azul” de Silvio Rodríguez, y en un sillón Daniel estaba con un vaso de tequila en la mano, al verlo y con su mochila al hombro comprendió la situación corrió a su cuarto, bajo con una mochila al hombro y ambos salieron a la calle, se tomaron de la mano y caminaron hacia un nuevo comienzo, mientras los faroles de la calle se iban encendiendo poco a poco.
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